Antecedentes e historia

¿Cuáles son sus antecedentes o aproximaciones?

La teoría de los moldes, sugerida al comprobar cómo los formatos de pensamiento se relacionan con el tipo de conducta (Hernández, 1973), se ratificó al encontrarse pautas estables y prototípicas en el modo que tienen las personas de pensar, sentir y valorar diferentes situaciones egoimplicativas (Rosales, 1997). Más tarde, se trató de aislar empíricamente tales estrategias cognitivo-afectivas a través del cuestionario MOLDES (Hernández, 2002). Los ítems se elaboraron partiendo de lo que ocurre en la mente de los sujetos ante una situación (moldes anticipatorios), durante la acción (moldes de ejecución y de reacción), después de los resultados (moldes de evaluación y de atribución) y en función de la acción futura (moldes de prospección). A través de análisis factorial se obtuvieron 30 factores de primer orden (“moldes”), que fueron, posteriormente, agrupados en 9 factores de segundo orden (“dimensiones”) y en 3 factores de tercero orden (“encuadres focales”).

La validez funcional de estos moldes se infiere a través de la relación que guardan con la Adaptación General (en el área personal, escolar y social) a través del Test TAMAI (Hernández, 1983, 1990, 2001). También con la relación que guardan con bienestar subjetivo individual, diferenciando entre personas felices e infelices (Hernández y Baute, 1999). Así mismo, con rendimiento, tanto en matemáticas (Hernández, Capote y García, 2002), como en ajedrez (Hernández y Rodríguez, 2001).

Los moldes cognitivo-afectivos tienen como referencias más próximas el pensamiento causal de la Teoría de la Atribución (Heider,1958; Weiner,1972); los errores lógicos del Modelo Cognitivo de la Depresión de Beck (1974 y 1976); la estrategias de afrontamiento al estrés de la Teoría Cognitivo-emocional de Lazarus (1968), así como los modelos de trabajo basados en los procesos de regulación afectiva (Mikulincer, 1998).

¿Cuáles son las semejanzas o diferencias? Hay que decir que tanto los Moldes cognitivo-afectivos como la de la Atribución de Weiner y la de los Errores Lógicos de Beck tienen en común que se basan en el modo de interpretar la realidad en situaciones de implicación personal. La diferencia es que la Teoría de la Atribución Causal se limita a las estrategias de atribución, mientras que los moldes mentales abarcan más posiciones o enfoques cognitivos: anticipación, afrontamiento, operatividad, reacción a la frustración, evaluación o rentabilización emocional. En este sentido, también se diferencian de los modos de Afrontamiento al Estrés de Lazarus, que se centran en el modo de combatir una situación estresante, considerando estrategias no sólo cognitivas, sino también conductuales.

Se diferencia de los Errores Lógicos de Beck, en que éstos resaltan el modo exagerado o parcial de procesar los hechos, generando teorías que favorecen la depresión. Los Moldes Mentales son más amplios, ya que no sólo existen moldes de desajuste, sino también de implicación vital y de optimización. Por otra parte, los moldes de desajuste no sólo se refieren a los que distorsionan la realidad, sino también a otras maneras de no encaje con la realidad, tal como la desconexión (“oblicuidad cognitiva”, “disociación afectiva” o “anticipación devaluativa”, como modos de no afrontar los problemas); la disposición defensiva-desviada (“justificación de los fallos” o no “encaje emocional” a la frustración); la inoperancia (“afrontamiento borroso” o planificación no realista, “falta precisión y supervisión”, así como “anticipación de esfuerzo”); la atribución heterorreferencial (“atribuciones a los demás”, “al temperamento” o al “mundo mágico”).

Así mismo, los moldes de distorsión, correspondientes al encuadre de ajuste y, en concreto, a la dimensión negativa-distorsionante (“anticipación aversiva”, “devaluativa”, “hostiligénica” o “mágica”, así como “evaluación negativa”, “focalización en la carencia” o “imantación por lo imposible”…) muestran más matices que el tremendismo, polarización exagerada o radicalización de la realidad, que es lo que más caracteriza a los Errores Lógicos. Por último, los moldes van más allá de la depresión, y recogen los modos mentales de estar ante la vida. Son elementos de interpretación, más allá del sufrimiento humano y de la patología, aunque haya moldes negativos. Se enmarcan también dentro de la llamada psicología positiva, pues hay moldes que explican el modo de ser operativos y de optimizar la capacidad de vivir los seres “normales”.

El inicio

En la tesis doctoral de Pedro Hernández, dirigida por el profesor Pinillos, "El Cine como diagnóstico" (1973), se pretendió confirmar que las respuestas que dan las personas en un cuestionario abierto, tras un film desestructurado, mantenían relación con los tests de personalidad de respuestas cerradas.

Para ello, se les aplicó una batería de tests conocidos de personalidad (MMPI, MMQ, CEP, AS), que recogían los rasgos más habituales (Neurosis, Extroversión, Paranoidismo, Esquizoidismo, etc.). También se les pasó una película, que había realizado con un guión poco estructurado y suscitador de diferentes temas psicológicos (poder, culpabilidad, rebeldía, etc.) A continuación rellenaban el cuestionario. Las preguntas seguían el orden de las imágenes proyectadas, con planteamientos abiertos. Por ejemplo, "Sentado sobre las rocas, frente al mar, yo pensaría…"; "Con unas tijeras muy grandes, yo…".

Luego, eran clasificadas las respuestas según su semejanza. Posteriormente, tales respuestas eran relacionadas con grupos de puntuación extrema (neurosis-control, extroversión-introversión, paranoidismo-confiabilidad, etc.). Todo ello hasta encontrar racimos de respuestas características de cada grupo. Se daba así una puntuación determinada a cada tipo de respuesta, según estuviera más próximo a un grupo y más distante del resto. Luego, tales puntuaciones se correlacionaban, en una muestra más amplia, con las obtenidas en los tests de respuestas cerradas.

Los resultados mostraban clara correlación entre los tests objetivos y las respuestas abiertas. Esto, entre otras cosas, venía a confirmar que la expresión espontánea de los participantes se hace en función de las propias características psicológicas. También que los factores o rasgos tradicionales de personalidad (por ejemplo, depresión) quedaban enriquecidos con la aportación de las respuestas abiertas, indicando cómo piensan o sienten los sujetos que puntúan alto en esos factores (por ejemplo, en el caso de la depresión, frases como "detrás de cada rosa hay varias espinas esperando"). Esto, lógicamente, alertaba de la importancia del pensamiento en los sentimientos y en el comportamiento.

Aún más, al autor le llamó la atención el papel de los formatos de pensamientos. Si eran importantes los contenidos del pensamiento, más importantes eran éstos. La sorpresa fue ver cómo el orden de las palabras podía dar resultados diferentes. Lo de menos era hacer clasificaciones sobre la base de los contenidos, por ejemplo plantas o rosas, sino que lo importante era la estructura o formato de esos contenidos. Por ejemplo, la frase "las rosas son bellas pero tienen espinas", que se correlacionaba con depresión, era distinta de la frase "las rosas son bellas a pesar de las espinas", que se correlacionaba con estabilidad y control emocional. Esto dejaba claro que los formatos de la mente, no los contenidos, están configurando nuestra personalidad, nuestra satisfacción y nuestra eficiencia.

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